Del 6 al 10 de abril viví una experiencia que no solo fortaleció mi manera de ver el liderazgo, sino que transformó profundamente mi forma de entender la educación y la comunicación con adolescentes.
Fui parte de la Formación en Liderazgo Colaborativo y Transformacional 2026, organizada por la Escuela Iberoamericana de Liderazgo “Nicolás Castellanos Franco” y Libre Fundación, realizada en la Casa Juan XXIII, en el Plan 3.000 de la Ciudad de la Alegría. Durante cinco días intensos, compartimos aprendizajes, dinámicas y reflexiones que dejaron huella en cada uno de los participantes.
No éramos un grupo cualquiera. Éramos 15 personas provenientes de realidades diversas: presidentes de juntas vecinales, representantes de niños y jóvenes trabajadores de la calle, líderes indígenas, directores de unidades educativas, responsables de casas de acogida, jóvenes defensores del medio ambiente y comunicadores comunitarios. Diferentes historias, pero un mismo propósito: generar cambios reales en nuestras comunidades.
Más allá de enseñar: aprender a dialogar
Uno de los aprendizajes más significativos fue comprender que enseñar no siempre es suficiente. Muchas veces creemos que educar consiste en transmitir conocimientos, dar instrucciones o corregir errores. Sin embargo, este enfoque deja de lado algo esencial: la capacidad de escuchar y construir junto al otro.
En este proceso fue clave el acompañamiento de la facilitadora Andrea Toro, una persona muy capaz y profundamente comprometida, que no solo compartió herramientas, sino que modeló con su actitud lo que significa liderar desde el respeto, la escucha y la coherencia.
En este espacio formativo trabajamos intensamente una herramienta sencilla pero poderosa: E.R.P. (Escuchar, Resumir y Preguntar).
Más que una técnica, es una forma de relacionarse:
- Escuchar sin interrumpir ni juzgar
- Resumir para asegurar que realmente entendimos
- Preguntar para abrir el pensamiento, no para cerrarlo
Aplicada con intención, esta metodología cambia la dinámica: convierte la conversación en un espacio de confianza y el aprendizaje en una construcción compartida.
Instruir o acompañar: el equilibrio necesario
Otro aprendizaje clave fue entender la diferencia entre instruir y hacer coaching, especialmente en el trabajo con adolescentes.
Instruir implica explicar, guiar y dar herramientas claras. Es necesario, sobre todo cuando no existen conocimientos previos. Pero quedarse solo en la instrucción puede limitar el desarrollo del pensamiento.
El coaching, en cambio, invita a acompañar a través de preguntas, a generar reflexión y a permitir que el otro construya sus propias respuestas.
La clave no está en elegir entre uno u otro, sino en saber combinarlos: primero dar base, luego abrir espacio para pensar.
La fuerza de las preguntas
En este camino, comprendimos que la pregunta es una herramienta poderosa.
No cualquier pregunta, sino aquellas que realmente invitan a reflexionar.
Las preguntas cerradas limitan:
“¿Entendiste?” (Sí / no / tal vez)
Las preguntas abiertas transforman:
“¿Qué parte te resultó más difícil?”
“¿Cómo lo resolverías tú?”
“¿Por qué crees que sucede esto?”
Las preguntas abiertas no buscan respuestas rápidas, buscan pensamiento. Y cuando un adolescente piensa, se involucra, se expresa y se convierte en protagonista de su aprendizaje.
La fuerza de la retroalimentación positiva
Otro eje clave fue la práctica constante de la retroalimentación positiva. Aprendimos que no se trata solo de decir “bien hecho”, sino de reconocer de manera específica los avances, esfuerzos y capacidades de las personas.
En los ejercicios grupales, cada intervención era una oportunidad para:
- valorar lo que el otro aportaba
- fortalecer su confianza
- motivar su participación
El resultado fue evidente: un ambiente donde hablar no daba miedo. Y ahí aparece una verdad incómoda pero necesaria: nadie se abre al diálogo si se siente juzgado.