La violencia desaparece cuando se le niega la sangre: también revela al enfermo

Imagen referencial. IA
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Analizo la coyuntura política desde Tarija, donde ni los conductores se molestan tanto con la imprudencia del tránsito, pero asambleístas y concejales hacen de únicas moscas-mochas que vuelan con ruido sobre la plaza principal, llamando la atención la histeria con la que trabajan, con la que salen a reclamar, y que nubla totalmente sus capacidades. En vez de esta política oficial y malograda, prefiero pensar en la Bolivia centralista, la del paisaje altiplánico que se adjunta en algunos valles y yungas. Allí, las carreteras y los bloqueos -no hablo de todos, solo de aquellos que integran un mayor grado de violencia- visibilizan el fracaso, más que de un gobierno, de un Estado central que necesita serle fiel a sus plurisectores millonarios.

Una vena del occidente se siente celosa y exige su protagonismo. Apeló a desangrar a su propia población y, más allá de si ganó o perdió, la mera presencia de la violencia ya lo dice todo. Se nota desde el ojo crítico que observa a la distancia; pero no para los que están allí, que se acostumbraron a contemplar cómo la violencia se retroalimenta y consigue cambios. Ni el gran y solitario intelecto de Álvaro García Linera, y peor aún la mayoría de la izquierda que se sienta a negociar con el narcotráfico, entienden verdaderamente el paso del conflicto a la violencia. Es más, lo ven como un canal político legítimo.

Para el sociólogo francés Michel Wieviorka, la violencia aparece como un síntoma de enfermedad social. Más que la continuación natural de un movimiento, o el germen de su revolución, es lo que revela su descomposición. Cuando los actores sociales pierden la capacidad de dar sentido a sus demandas a través de los canales políticos, la violencia emerge como el grado cero del debate democrático. Es lo que Wieviorka llama una pérdida de sentido: la protesta original se vacía de sus ideales y es reemplazada por una lógica puramente instrumental y destructiva. Por eso, después del derramamiento de sangre — de las luchas orgánicas, si se quiere— sucede lo menos orgánico: las élites salen de la sala de espera para anclarse a los movimientos.

Tampoco estoy con quienes se oponen a los bloqueos y defenderán una ley antibloqueo. El conflicto es constructivo porque permite la negociación y el reconocimiento del sector aislado. En cuanto al Estado, preferiría que este no se haga el conciliador, sino el repartidor de poder. Ahí se permitiría la negociación. La violencia, en cambio, elimina cualquier posibilidad de un diálogo con reconocimiento mutuo.

Esto es exactamente lo que presenciamos en la coyuntura actual. Lo que comenzó como una queja comprensible de los sectores de occidente ante la vista gorda del gobierno frente a las acciones de Rodrigo Paz, va difuminando poco a poco su horizonte de lucha social. En la desesperación afloran los extremos: o se va el gobierno o nada; y la nada (quizás en forma de unos consuelos de papá Estado) es lo que va quedando en estas semanas.

Lo que resta después de las lógicas antidemocráticas y los cálculos mafioso-políticos son dos cosas: un movimiento que se descompone y una ideología que se muestra parásita (el indianismo y el socialismo). Cuando la fuerza, el cerco y la violencia reemplazan a la política, no estamos frente al nacimiento de una revolución, sino ante la asfixia de la zona más histórica de nuestro país dada su propia incapacidad, por decirlo así, de convivir y resolver diferencias —no solo problemas— con el Estado.

Bolivia es un país cuya violencia colectiva fue y es mandato. El mensaje de un acto violento, como el de salir a quemar buses, negar paso de ambulancias, o sembrar pinchallantas en las carreteras, es más un ultimátum en forma de rabia celosa hacia papá Estado por meterse con el enemigo. Tal fue la causa por la que salieron las comunidades indígenas campesinas: contra el favor que hacía Rodrigo Paz a los latifundistas del oriente con una ley ya abrogada. Ahora, ya se ve más una derrota de la violencia. No se contestó violencia con violencia. Esto era clave. Ya no se hizo más caso a los tradicionales reaccionarios de derecha. 

Agotados los actos de fuerza, impulsados sobre todo por quienes bloqueaban, los sectores terminaron exponiendo su propia descomposición. La violencia es síntoma de enfermedad, y desaparece cuanto menos se la alimenta de sangre.

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Aparicio Sergio
Aparicio Sergio

Licenciado en Sociología por la Universidad Mayor de San Andrés y maestrando en Filosofía en la UNQ de Buenos Aires. Es profesor y consultor social. Divulga en TikTok e Instagram en @gioriciodun.