En América Latina y el Caribe, defender la tierra no es solo una consigna o un algo que se haga con ligereza; más bien es un riesgo de muerte. Somos la región más letal del planeta para quienes alzan la voz: más del 70% de los asesinatos globales de activistas ocurren en nuestros suelos, con una herida que sangra especialmente fuerte en Colombia, México, Brasil y Honduras.
Ante esto, las mujeres son quienes se alzan en valor, no por ellas mismas sino por sus hijos y las generaciones que vendrán con un mensaje fuerte que no puede perderse, nuestros territorios, pueblos y culturas: “No son zonas de sacrificio”, sino que son lugares de memoria e identidad, y cada hectárea que se entrega al extractivismo es un pedazo de futuro que se les arranca, que se nos arranca.
Cracias por confiarme el relato de esa fuerza inquebrantable que las mantiene en pie y por enseñarme que, incluso en los contextos más difíciles de despojo y violencia, ustedes son ese signo de esperanza vivo del cual todas somos testigos. Caminar a su lado me ha permitido entender que la vida no se negocia y que su lucha es la semilla de un futuro posible para todos y todas
