Quiero proteger a mis hijos. Infancia, metacognición y autoregulación emocional

Imagen referencial
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Proteger a nuestros hijos, implica que deseamos que crezcan seguros, felices, sin heridas innecesarias, que puedan defenderse y comunicarse. Cotidianamente vemos realidades muy duras y niños en medio de ellas. 

Crear entornos seguros significa, prestar atención a la dimensión social, es decir al entorno en el cual se desarrollan los niños. En un escenario ideal, se espera que ese entorno sea favorable. La dimensión social de cada niño, puede convertirse en un espacio seguro y positivo o por el contrario en un espacio hostil; en ambos casos, se requerirán herramientas internas para regular su propio mundo emocional. 

La metacognición es una habilidad que permite identificar, conocer, y además explorar nuestro propio mundo interior. La evidencia científica es consistente en este punto. Los procesos cognitivos superiores, pueden convertirse en herramientas claves para el autocuidado emocional. Aquí aparece una idea clave, proteger no significa evitar que el niño sienta emociones difíciles, sino enseñarle a reconocerlas, comprenderlas y explorarlas.

 Investigaciones, como el metaanálisis de Schütz, J., & Koglin, U. (2023), muestran que la autorregulación en la infancia está directamente relacionada con la conducta prosocial, la empatía y el desarrollo moral. Es decir, no estamos hablando solo de “niños tranquilos”, sino de la base sobre la que se construyen habilidades humanas complejas. 

En términos simples, la metacognición es la capacidad de pensar sobre lo que uno piensa y siente. Es ese momento en que el niño puede decir, o al menos reconocer, “estoy enojado”, “esto me frustra” o “me siento triste”. Este proceso no es automático. Se construye progresivamente en la interacción con adultos significativos. 

Y es precisamente esta capacidad la que permite que la emoción deje de ser una experiencia abrumadora y se convierta en algo que puede ser observado, nombrado y eventualmente regulado.

 La relación es directa, sin conciencia emocional, no hay regulación posible, por lo tanto la conciencia emocional puede ser uno de los caminos hacia la resiliencia. Un niño que no identifica lo que siente, actúa desde la emoción; un niño que logra reconocerlo, empieza a tener un margen, aunque pequeño, de control sobre su respuesta. En este punto, la metacognición se convierte en la base silenciosa de la autorregulación emocional. 

Sin embargo, muchos adultos, sin darse cuenta, interfieren en este proceso. Cuando minimizamos lo que el niño siente (“no es para tanto”), cuando distraemos inmediatamente (“mira, juguemos otra cosa”) o cuando exigimos control sin haber enseñado cómo lograrlo, estamos bloqueando el desarrollo de estas habilidades. No porque falte intención, sino porque falta comprensión del proceso. 

Proteger, entonces, implica acompañar la emoción sin anularla, poner en palabras lo que el niño aún no puede nombrar y ofrecer modelos de regulación. Decir “veo que estás enojado” no es reforzar la emoción, es organizarla. Sostener el límite sin invalidar lo que el niño siente es una de las formas más complejas, y más necesarias, de educar. 

En contextos como el nuestro, donde la educación emocional aún no ocupa un lugar central en la formación inicial, este desafío es mayor. La mayoría de los programas educativos priorizan otro tipo de contenidos, dejando en segundo plano habilidades que, en realidad, sostienen todo el aprendizaje posterior. Sin autorregulación, no hay atención sostenida, no hay convivencia saludable, no hay aprendizaje profundo.

 Porque, la vida de cada niño debe interesarnos, tengamos presente que un niño verdaderamente protegido no es aquel que nunca se cae, sino aquel que aprende, poco a poco, a levantarse, con ayuda y lo más importante con sus propios recursos metacognitivos. La educación escolar debe plantearse seriamente la posibilidad de priorizar contenidos que pongan en primer plano es desarrollo de habilidades de auto regulación emocional y metacognición.

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GARECA, Ana
GARECA, Ana

Psicóloga