El pasado 22 de mayo algunos medios de comunicación y varias redes sociales alternativas se hicieron eco de la muerte del profesor Eulalio Aquino Fleitas, indígena paĩ tavyterã de Amambay, Paraguay. Su asesinato fue perpetrado por de sicarios, en su propia casa y ante varias personas. Detrás de esta barbarie encontramos una vida, una historia, una familia, una comunidad y un sufriente pueblo. A partir de lo sucedido, creo que vale la pena hacernos una pregunta que hasta nos podría resultar embarazosa y hasta chocante: ¿Cuánto vale la vida de un indígena en nuestro país?, ¿a cuánta gente en realidad le importa?
Eulalio Aquino, cuyo nombre indígena era «Ava Pykarendy», con sus 45 años, estaba en su plenitud de la vida. Pertenecía al pueblo Paĩ Tavyterã que es, sin duda, uno de los pueblos originarios más golpeados por la exclusión, la pérdida de territorio, la violencia sistemática y la indiferencia escandalosa por parte del Estado. De Eulalio, en su trayectoria de vida podemos decir que, ante todo, fue un hombre que buscó abrir caminos de vida digna para su pueblo.
Desde muy pronto su vida estuvo profundamente vinculada a la educación. Fue reconocido como uno de los primeros educadores titulados de su parcialidad. Sus inicios fueron enseñando a niños de su comunidad cuando todavía no había prácticamente recursos, con mucha precariedad y escaso reconocimiento institucional. Durante años trabajó con gran entrega como maestro ad honorem, incluso en condiciones muy complejas y difíciles. Su vocación no era solamente enseñar materias escolares, sino, sobre todo, ayudar de modo efectivo a que su pueblo pudiera formarse sin dejar de ser lo que era, sin claudicar a su riqueza cultural, su identidad.
Esa fue quizá una de sus mayores intuiciones: la educación indígena no puede ser una simple copia de la educación típicamente bancaria pensada desde afuera. Para Eulalio, educar a los niños paĩ tavyterã significaba también cuidar su lengua, su cultura, su memoria, su modo de vivir, su «teko». Comprendió que un pueblo pierde muchísimo cuando se le quita la tierra, pero pierde todavía más cuando se le arranca la palabra, la memoria y la posibilidad de transmitir a sus hijos su propia forma de ver el mundo.
Cabe señalar que su tarea como educador, técnico de educación indígena, director de escuela, promotor de la lengua paĩ y funcionario de la Secretaría de Asuntos Indígenas de la Gobernación de Amambay no fue algo menor. Fue una forma, tan concreta como firme de resistencia cultural; una manera clara de afirmar que los pueblos indígenas no son restos del pasado, sino personas que viven, que son poseedoras de sabiduría llamada a enriquecer a otros; personas con derechos inalienables y con proyección y sueños de futuro digno. En ese sentido, la vida de Eulalio fue un testimonio sencillo y profundo de lo que significa vivir y respetar la diversidad en Paraguay de modo real y concreto.
Eulalio también tuvo una dimensión comunitaria muy importante. Caminando con su pueblo, llegado el momento, supo levantar la voz cuando sintió que su comunidad era atropellada. Fue así que denunció abusos, pidió respeto a las autoridades y defendió que cualquier intervención en territorio indígena tenía que hacerse escuchando a sus líderes y respetando sus costumbres. Sus palabras no brotaban del resentimiento, sino desde la dignidad de quien sabe que su pueblo tiene el derecho a ser tratado sencillamente como lo que es, un pueblo.
En el momento de su muerte, además, Eulalio Aquino era precandidato a concejal municipal de Cerro Corá. Ese dato no es secundario ni puede ser leído ingenuamente. Su candidatura significaba un paso bien importante: un indígena paĩ tavyterã dejaba de ser solamente defensor de su comunidad para disputar un lugar en la política local. Y en territorios donde pesan los intereses de la tierra, el narcotráfico, el sicariato y las redes mafiosas, la participación política indígena no suele ser bienvenida. ¿A quién molestaba que un referente indígena, educador y conocedor de su pueblo, pudiera tener voz propia en el municipio? ¿Qué intereses se sentían amenazados por su posible protagonismo?
Por otro lado, desde nuestro tema central de este número de Acción, señalar que su asesinato golpea también la posibilidad de un Paraguay más diverso, más intercultural y democrático. Se silencia una diferencia que molesta porque exige reconocimiento, respeto para los suyos.
Pero esta tragedia ocurrida en Pedro Juan Caballero, no puede desligarse fácilmente de ese contexto de ser frontera con Brasil. Amambay es una zona atravesada por la violencia, la disputa territorial, el crimen organizado y la impunidad. Por eso, aunque corresponde a la justicia esclarecer plenamente las causas y a los últimos responsables, este crimen no se puede reducir a un hecho aislado. El asesinato debe ser leído en el contexto más amplio del control por parte de las mafias del territorio, del silenciamiento de liderazgos indígenas y del intento de impedir que los pueblos originarios tengan protagonismo político real. Han matado a un educador indígena, a un servidor público, a un defensor de la cultura paĩ tavyterã y a un hombre que intentaba abrir camino para su pueblo desde la educación, la memoria y la participación política1.
Recordar a Eulalio Aquino es negarse a que su muerte desaparezca en la estadística fría de la violencia. Es también afirmar, con dolor y esperanza, que la diversidad no se defiende solo con discursos, sino dando la vida concreta. Y que mientras haya hombres y mujeres indígenas defendiendo su lengua, su territorio, su memoria y su dignidad, el Paraguay todavía tiene una posibilidad de ser más justo, más humano, más intercultural y verdadero.
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1. Cabe señalar con mucho dolor que, días más tarde de la muerte de Eulalio, el 27 de mayo, fue también asesinado en otro atentado el exlíder ishir Néstor Rodríguez de la comunidad indígena María Magdalena, en Alto Paraguay. En el mismo acto criminal fueron heridos dos jóvenes más de la misma comunidad.