En simulación de sistemas se enseña que la verdadera aleatoriedad es casi imposible de lograr; por eso se crean secuencias pseudoaleatorias: patrones que aparentan caos, pero que responden a reglas, fórmulas y estructuras lógicas, como explican Law y Kelton en Simulation Modeling and Analysis. Esta idea, aparentemente técnica y que en la vida cotidiana podría parecer contraintuitiva, quizá sea la clave para entender el universo mismo.
El Telescopio Espacial James Webb (JWST) ha comenzado a revelar estructuras que desafían nuestras ideas más arraigadas sobre el cosmos. Investigaciones del Instituto de Astrofísica de Canarias, la Universidad de Kansas y el astrónomo Lior Shamir coinciden en que, lejos de mostrar un universo primitivo y caótico, los datos revelan galaxias con estructuras sorprendentemente maduras, simetrías inquietantes y patrones que parecen repetirse con precisión milimétrica. Lejos de un pasado caótico, el JWST nos muestra un cosmos con un patrón sorprendentemente coherente.
Galaxias como JADES-GS-z14-0 o CEERS-1019, observadas apenas 290 y 570 millones de años después del Big Bang, desafían los marcos actuales de la cosmología. Estas estructuras, demasiado evolucionadas para un universo tan joven, muestran discos estelares y composiciones químicas que recuerdan a nuestra Vía Láctea. Son demasiado lejanas en el espacio, pero inquietantemente familiares; demasiado antiguas, pero con una organización que parece desafiar el tiempo.
Estas observaciones refuerzan teorías que sugieren que el universo no está hecho solo de materia, sino de información. Físicos como John Archibald Wheeler y Claude Shannon han planteado que la realidad física podría surgir de un sustrato informativo, donde observar es parte esencial del proceso. Las simetrías y repeticiones detectadas por el JWST, como galaxias que parecen espejos de otras a miles de millones de años luz, podrían ser pistas de un cosmos que opera como una simulación: un sistema gobernado por reglas recursivas, como un videojuego que repite texturas para ahorrar recursos.
La teoría de cuerdas introduce el principio holográfico, que describe todo lo que sucede en el espacio como datos grabados en su frontera. En 1997 Juan Maldacena mostró que un universo de cinco dimensiones puede proyectarse en cuatro. Grupos de Princeton, Perimeter e IAS intentan extender dicha idea para explicar la energía oscura y el fondo de microondas. De prosperar, la información del cosmos, incluidas las galaxias vistas por el James Webb, se mediría en bits de superficie y sugeriría que la materia nace de un código. No probaría la simulación, pero sería su indicio más sólido.
Al mismo tiempo, las imágenes del JWST cuestionan uno de los pilares de la percepción humana: el tiempo como una línea que fluye. La física moderna, desde Einstein hasta los modelos de espacio-tiempo como bloque, sugiere que pasado, presente y futuro coexisten en una misma estructura. Sin embargo, las galaxias “imposibles” observadas por el JWST muestran que la edad del universo varia según la región observada, lo que implica que el tiempo no podría ser lineal sino adoptar una forma más compleja como: un bucle, una espiral, una simulación o incluso una ilusión. En un universo-simulación, el tiempo podría no fluir, sino ser accedido, como datos en una base informática. Bajo esta perspectiva las galaxias distantes no serían un “pasado primitivo”, sino regiones de un sistema que ejecuta un código repetitivo.
La hipótesis de la simulación, aunque filosófica, ha ganado adeptos en la era tecnológica. Figuras como Elon Musk han declarado que es más probable que vivamos en una simulación que en una realidad “base”, mientras que Neil deGrasse Tyson ha expresado interés en esta idea, aunque con escepticismo. Estas posturas, aunque especulativas, plantean preguntas inquietantes sobre el libre albedrío: ¿son nuestras acciones realmente nuestras, o parte de un algoritmo cósmico?
Los avances en computación cuántica, blockchain e inteligencia artificial alimentan, sin respaldarla del todo, la idea de un cosmos informacional. Los qubits, capaces de superponer estados, ofrecen un modelo físico que Seth Lloyd compara con un procesador universal. Las cadenas de bloques ilustran cómo un registro descentralizado preserva cada cambio y sirven de metáfora de una bitácora cósmica. Si algún día emergiera consciencia en una IA, demostraría que la mente puede surgir de sustratos digitales y reforzaría la premisa de que nosotros quizá seamos producto de una lógica superior.
Estas ideas encuentran eco en teorías como la Cosmología Cíclica Conforme de Roger Penrose, ganador del Premio Nobel de Física en 2020. Penrose propone que el Big Bang no fue el comienzo absoluto, sino una transición entre “eones”, fases de un universo que se reinicia en ciclos infinitos. Las galaxias maduras del JWST podrían ser vestigios de un eón anterior, sugiriendo que lo que percibimos como nuevo es una instancia de una existencia ya vivida.
En definitiva, las imágenes del James Webb y los avances tecnológicos convergen en una sospecha audaz: el universo podría no ser una maquinaria de azar, sino un programa que perfecciona sus ciclos mientras genera conciencia para observarse. Si las galaxias distantes son versiones pasadas de nosotros mismos, y si la inteligencia artificial en algún momento podría replicar nuestra chispa cognitiva, cada descubrimiento astronómico podría ser una línea de código revelada. La pregunta final nos sume en un vértigo inevitable: si somos parte de un algoritmo cósmico, ¿quién —o qué— está escribiendo la próxima versión de nuestra historia?