“Cuando Dios parece callar: acompañar el cansancio y la fe herida”

Imagen referencial
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Una de las palabras más estremecedoras, desconcertantes y más humanas que dijo Jesús: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Esta no solo se escucha con los oídos, sino también con las heridas y los silencios que cargamos por dentro.

Jesús pronuncia esta palabra, pero no es un reclamo desesperado ni la exclamación de un derrotado, como muchos podrían interpretar. Es, más bien, la oración del Hijo que, en medio de la oscuridad, sigue dirigiéndose a Dios, incluso cuando experimenta el silencio y un aparente abandono porque Jesús no deja de llamarlo al decir: “Dios mío”. Es decir, allí también, en ese llamado, está su fe.

 “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” No llega a ser una expresión pasajera. Por el contrario, es un grito. Pero, sobre todo, es la oración de quien sufre hasta el extremo. Y es también, muchas veces, la oración que brota del corazón de tantos hombres y mujeres cuando el dolor que sienten por cualquier problema o crisis parece no tener respuesta. Puede ser que en algún momento de nuestra vida también nosotros  la hayamos pronunciado. Tal vez no con esas mismas palabras. Pero sí con el corazón.

Como cuando una madre reza por un hijo y no ve ningún cambio. O cuando una enfermedad se prolonga y parece no terminar. También, cuando el dolor no encuentra explicación. O desde el trabajo y el servicio, también cuando se ama, o se entrega todo de uno mismo, pero aun así solo se encuentra silencio. Entonces, surge esa pregunta que quizás no queremos pronunciar, pero que brota por dentro: “Señor, ¿dónde estás?” “¿Por qué callas?” “¿Por qué no escuchas mi oración, mi necesidad?” “¿Por qué me pasó esto a mí? 

¿Cuántas veces hemos pensado que ser personas de fe es siempre sentir consuelo, paz, cercanía y claridad? Pero la cruz de Jesús nos enseña otra cosa. La fe a veces alcanza solo a decir: “¡Dios mío!”  

Esta cuarta palabra dicha por Jesús en la cruz nos permite identificar una herida que también está dentro de nuestras comunidades eclesiales: el cansancio espiritual de muchos creyentes y también de muchos agentes de pastoral.

Hoy, con respeto, hago referencia al dolor silencioso de tantas mujeres laicas, agentes pastorales que han servido con mucha generosidad en nuestras parroquias, ya sea en la catequesis, en la liturgia o en la vida de la comunidad. Me vienen a la mente tantas mujeres que han sostenido durante años la vida de nuestra iglesia. Por ejemplo, con la limpieza del templo o con la organización silenciosa de tantas actividades que casi nadie nota, pero que son fundamentales para que la comunidad marche y salga adelante. 

Sin embargo, en algún momento sintieron que Dios callaba. Muchas han vivido pérdidas tanto físicas como económicas, enfermedades, crisis familiares, desilusiones, cansancio, incomprensiones, soledad y poco a poco, comenzaron a alejarse: primero del servicio, luego de la comunidad y, a veces, tristemente, hasta de Dios, porque no encontraron respuesta a su sufrimiento e interpretaron el silencio como falta de amor.  No porque estas mujeres sean malas, tampoco porque  ellas no amen al Señor, sino porque -quizás- en medio de su dolor, no encontraron una respuesta que apaciguara su dolor. Ya que, desde su oración, sintieron silencio y esperaron consuelo, pero solo sintieron un vacío. Tal vez porque buscaron luz y solo encontraron noche.

Cuando una agente pastoral se cansa, es decir, esa mujer de fe que sirve a la parroquia y siente que ya no puede seguir, Jesús Crucificado no la señala con el dedo. Esta cuarta palabra nos revela que Dios se hace presente incluso en la experiencia de su aparente ausencia. 

A veces interpretamos el silencio de Dios como la ausencia de Dios. Pero la cruz nos enseña otra cosa, aunque a veces no lo podamos entender ni aceptar así. Nos enseña que el silencio no siempre es vacío. El Padre, Dios, parece callar, pero no abandona. El Hijo, Jesús, se siente abandonado, pero no deja de confiar y de tener esperanza.   Por eso, esta palabra de Jesús nos llama, primero, a dar dignidad al dolor de quienes ya no encuentran palabras para rezar y deciden no rezar más. Nos enseña a respetar el dolor ajeno y no responder solo con frases fáciles como: “Hay que tener más fe”. Nos enseña a no exigir fortaleza a quien está quebrado por dentro y a no reducir la crisis interna a la falta de fe. 

Hay personas que no han dejado de amar a Dios, simplemente están heridas. Hay agentes de pastoral que no han perdido del todo la fe, solo están cansadas, decepcionadas, vacías, esperando una palabra de aliento o una comunidad que no las juzgue, sino que las sostenga. 

Nos llama también a revisar cómo estamos siendo y viviendo en la comunidad parroquial. Porque si tantas personas sirven y luego se van heridas, algo está pasando. La Iglesia está llamada a acompañar, no solo a organizar; a consolar, no solo a pedir; a cuidar a quienes sostienen la vida pastoral, no solo a contar con ellas cuando hacen falta para organizar algo.

 Tal vez, a veces, hemos pedido mucho y acompañado poco. Hemos exigido generosidad, pero no hemos sabido sostener a quienes sostienen. Podría ser que hayamos contado con las personas para la misión, pero no siempre hemos cuidado sus heridas.

Hemos valorado más la función que el corazón. Más el servicio que la persona.  Entonces,  el Señor también nos dice: “aprendan a acompañar”.

Acompañar a quien duda, al que se cansa, al que ya no entiende, al que está herido. Acompañar sin apurar procesos  y no juzgar a nadie. Porque muchas veces la fe madura en la oscuridad. 

 Desde esta cuarta palabra, quisiera decirles a tantas agentes pastorales, a tantas mujeres de fe, a tantos servidores cansados, a tantos corazones que se han ido alejando de la comunidad parroquial, de la iglesia o de Dios: si alguna vez sintieron que Dios las abandonó, miren a Jesús crucificado. Él conoce bien ese dolor, él cargó sobre sí mismo el clamor y dolor de toda la humanidad. Él cargó con el sufrimiento de los oprimidos, de los heridos, de los que ya no entienden, de los que ya no sienten. 

Aunque ustedes sientan silencio y no encuentren respuesta y solo tengan preguntas o reclamos, Cristo no abandona. Él pasó por lo mismo. Él atravesó la noche, la oscuridad. Pero no se quedó ahí, nos abrió el camino, nos regaló la Pascua de Resurrección. El grito de Jesús nos recuerda que también dentro de la Iglesia hay cansancio, hay soledad, hay desolación espiritual. No solo nos invita a mirar el dolor del mundo, sino también las heridas de quienes, habiendo servido a Dios, hoy sienten que ya no lo encuentran. 

La última palabra la tiene la resurrección. Por eso, como nos insisten siempre (no quedarnos en el Viernes Santo de Semana Santa) contemplemos a Jesús en la cruz, si Jesús se dejó crucificar por amor a nosotros y atravesó el abandono sin romper su confianza, entonces, también nosotros podemos estar seguros de que aun en la oscuridad de la noche, Dios no nos suelta, aunque no lo sintamos o no lo entendamos así. Aunque todavía no veamos la luz. 

 

Esta reflexión fue parte de Sermón de las Siete Palabras que presentó la Facultad de Teología San Pablo en la Catedral de Cochabamba en Viernes Santo.

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LUJAN, Carmen Julia
LUJAN, Carmen Julia

Periodista