“Una llama que no se apaga”: Caminar en clave ignaciana en una parroquia sin jesuitas

Foto: Carmen Julia Luján
Foto: Carmen Julia Luján

Para algunos agentes de pastoral que se han inspirado y formado desde la espiritualidad Ignaciana, con San Ignacio de Loyola, la partida de los jesuitas puede sentirse como el final de una etapa, muchas veces rechazada y renegada. 

Sin embargo, lejos de ser una despedida, es el inicio de un nuevo camino: uno que conserva y transforma “la llama ignaciana”, aun sin la presencia física de los sacerdotes y hermanos jesuitas.

Esta reflexión nace de la experiencia concreta de mi comunidad parroquial, la Compañía de Jesús de Cochabamba, que pasó de ser acompañada por jesuitas al cuidado del clero diocesano, y con el paso del tiempo permanece sin renunciar al espíritu que la ha formado.

Como comunidad, agradecemos la visita del P. Manuel Hurtado, S.J., que, en días previos a la fiesta del fundador de la orden de los jesuitas, nos visitó y nos habló sobre: “Seguir Caminando en clave ignaciana, espíritu y misión en una parroquia sin jesuitas”. Al menos treinta agentes pastorales activos fueron los que asistieron y lejos de recordar, pudieron reafirmar que la espiritualidad ignaciana permanece en cada uno de los apostolados de esta parroquia, ahora diocesana.

En la visita, el P. Hurtado reafirmó que el carisma ignaciano no pertenece a una persona o congregación específica, sino que es un don del Espíritu. “Una llama que no se apaga” es la imagen que mejor resume la etapa que vivimos en nuestra parroquia “ignaciana-diocesana”. A pesar de los desafíos -como la pandemia, la crisis económica o la escasez de vocaciones laicales- el compromiso de estos agentes de pastoral   ha sido fundamental para mantener encendido este fuego que continúa en la búsqueda del discernimiento y del servicio.

Resaltó también que vivir “en clave ignaciana” significa encontrar a Dios en todas las cosas: así como lo hacemos en el trabajo, en la enfermedad, en la familia, en las luchas por la justicia, incluso en el llanto del mundo (guerras, pobreza, conflictos sociales, etc.). Significa también discernir juntos, en comunidad, no desde el saber absoluto, sino desde la escucha profunda al Espíritu. Y, sobre todo, significa servir con pasión, saliendo a las periferias, acompañando a los más débiles y formando líderes que encarnen el Evangelio en su realidad concreta.

El P. Hurtado explicó que, al estar sin los jesuitas, no se trata de “repetir lo que ellos hacían”, sino de continuar con fidelidad creativa el espíritu que los movía: un seguimiento apasionado de Jesús, vivido en comunidad, con libertad y audacia. Se trata de caminar en sinodalidad con rostro ignaciano: escuchando a quienes no tienen voz, discerniendo lo que Dios pide hoy, y cuidando los espacios de formación y oración.

Por eso para mantener viva esta llama, nos propuso cinco caminos concretos: retomar los Ejercicios Espirituales, incluso en formato breve; fortalecer la formación espiritual a través del examen de conciencia, el discernimiento y la lectura orante; impulsar pequeños grupos de vida donde la fe se encarne en lo cotidiano; comprometerse en el servicio a los pobres desde la acción concreta; y tejer redes con la Iglesia local, es decir, con nuestro párroco, con otras parroquias y con el obispo,  para enriquecer el caminar eclesial desde el carisma ignaciano.

Qué bonito fue el momento del compartir luego de la charla. Porque el P. Manuel Hurtado pudo escuchar a todos los representantes de los apostolados de la parroquia, con seguridad percibió que estamos aún en clave ignaciana, quizás ya transformada a nuestro modo. Sabemos que hay mucho por hacer, por mejorar, mucho por aprender, más discernimiento, más oración comunitaria y personal, necesitamos inspirar a más vocaciones laicales, y mucho más. Pero seguimos en camino y sin desánimo.

Nosotros mismos reflexionamos que pasan los años, pasan los párrocos, pasó la congregación de los jesuitas, pasó la pandemia, transcurre la crisis económica, y todos los demás desafíos,  y sin embargo, esta parroquia, continúa con la llama encendida. Quizás con el reto de avivarla constantemente, pero con la disposición de encender más llamas en otros corazones. Sabemos que la responsabilidad está en nuestras manos, los laicos, animadores y servidores que decidimos seguir caminando.

Agradecemos a nuestro párroco, el P. Ángel Rodríguez, diocesano, que lejos de que limitarnos o tratar de cambiar nuestra espiritualidad, nos permite mantenerla y transformarla con nuestro propio modo de proceder. Él entendió nuestra clave y aprendimos a caminar juntos, ahora caemos en cuenta que intentamos vivir la sinodalidad con rostro ignaciano.

¡El fuego está encendido! Nuestro corazón está dispuesto, no dejaremos que se apague. ¡Caminemos juntos! “En todo amar y servir”. 

¡Feliz Día de San Ignacio de Loyola!

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LUJAN, Carmen Julia
LUJAN, Carmen Julia

Periodista