Acompañar la adolescencia: ¿un camino de oportunidad o de vulnerabilidad?

Foto: ANF
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Hace trece años que soy mamá y, al igual que mi hija, estoy naciendo con ella a la adolescencia. En conversaciones con otras madres y padres que también están acompañando a sus hijos en esta etapa, noto que compartimos emociones y sentimientos muy parecidos. Y es que la adolescencia, con toda su intensidad y complejidad, nos desafía pero a la vez nos sorprende, constantemente.

A veces, observamos tantos cambios en la actitud y el comportamiento de nuestros hijos que podemos sentir nostalgia por aquella etapa en la que su mirada parecía decirnos constantemente: “Eres lo más grande para mí”.

No es raro escuchar —y confieso que también lo he dicho— que esta es una etapa difícil, incluso agotadora. Hay días en los que mi paciencia se pone a prueba, especialmente cuando no logro mantenerme serena frente a una respuesta reactiva o cuando siento que le hablo y no me escucha. En esos momentos, me descubro pensando: “¿Será que ya estamos entrando al ojo de la tormenta?”.

Quizá esta visión nace de los recuerdos de mi propia adolescencia, cuando escuchaba a los adultos referirse a esta etapa como un tiempo en el que los chicos y chicas “no saben lo que quieren” o parecen “incontrolables”. Incluso se le llamaba, erróneamente, la edad del burro. Sin embargo, si nos detenemos a buscar la raíz de la palabra adolescencia, descubrimos que proviene del término latino adolescere, que significa crecer. Y crecer, como sabemos, implica cambio: una palabra clave en esta etapa de la vida.

Personalmente, cada vez me esfuerzo más por cambiar los lentes con los que miro esta etapa. La adolescencia tiene muchos matices que pueden ayudarnos a comprender mejor lo que estamos viviendo. Es, sin duda, un tiempo de grandes descubrimientos, tanto para ellos como para nosotros.

Ellos están naciendo a la adolescencia, y nosotros, como madres y padres, estamos naciendo a una nueva forma de acompañar. Este proceso nos expone a momentos de vulnerabilidad, pero también nos abre la puerta a nuevas oportunidades, una de ellas, acompañar a un ser humano en la construcción de su propia identidad.

Vulnerabilidad, porque gestionar las emociones que emergen en esta etapa no siempre es fácil. Las luchas de poder, los desacuerdos y las emociones intensas pueden hacernos sentir que estamos perdiendo el control. Pero tal vez no se trate de “controlar”, sino de aprender a navegar juntos este mar de cambios.

Oportunidad, porque si logramos cambiar nuestra mirada, podemos ver esta etapa como una invitación a redescubrir nuestra relación con ellos. Comprender que estos cambios son parte de un proceso normal nos permite acompañarlos desde el respeto y la empatía, ayudándolos a construir su identidad mientras nosotros transformamos la manera en que nos vinculamos con ellos.

Quizá la adolescencia no se trate solo de desafíos, sino también de un aprendizaje mutuo. Si elegimos conectar desde el amor y la comprensión, podemos construir vínculos más fuertes y significativos con nuestras hijas e hijos, incluso en medio de las tormentas emocionales que esta etapa trae consigo.

¿Y tú? ¿Qué lentes estás usando para mirar la adolescencia de tus hijos? 

 

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CLAROS, Paula
CLAROS, Paula

Comunicadora social