Bolivia se vistió de gala para celebrar sus 200 años como República Independiente. Este 6 de agosto fue distinto, no solo por el peso simbólico del Bicentenario, sino también por el ambiente particular que se vive en medio de un contexto político agitado, a tan solo unos días de las elecciones presidenciales.
“200 años de libertad” —decíamos con mi hija adolescente— y es que hoy, vivir en libertad es un privilegio. Basta con mirar el mundo para darnos cuenta: guerras, crisis sociales y conflictos de gobernabilidad que, en pleno siglo XXI, no deberían seguir ocurriendo.
¿Qué nos dejan estos dos siglos de historia? Ojalá nos dejen aprendizajes. Que podamos mirar con gratitud los aciertos y encontrar en los errores no culpa ni castigo, sino oportunidades para crecer. En Disciplina Positiva, uno de los principios clave es justamente ese: aprender de los errores, no para avergonzarnos, sino para evolucionar.
Invito a las familias a tener estas conversaciones con sus hijos e hijas, así como yo la tuve con la mía. Hablar del valor de la libertad, de lo que significa construir país y de la responsabilidad que tenemos como ciudadanos. Porque 200 años de libertad no solo se celebran: también se honran con nuestras acciones cotidianas.
Este Bicentenario también es una invitación a mirar hacia el futuro. ¿Qué país queremos dejar a nuestros hijos para los próximos 200 años? ¿Qué tipo de seres humanos queremos formar? ¿Cómo imaginamos el porvenir de nuestras infancias? Si bien los avances en derechos han sido valiosos, y resalto el compromiso de Bolivia con la infancias al ser uno de los primeros países en adherirse a la Convención sobre los Derechos del Niño, aún tenemos puntos pendientes y un largo camino por recorrer en materia de buenos tratos, crianza consciente y respeto hacia nuestros niños, niñas y adolescentes.
Si imaginamos el país que queremos, no podemos dejar de pensar en nuestras infancias. Ellas no son solo el futuro: son el presente. Y es en este presente donde debemos ocuparnos del rumbo de su desarrollo integral de manera plena.
Una infancia protegida, escuchada, valorada y respetada no es un lujo; es la base indispensable de cualquier proyecto de nación. No hay democracia sólida ni libertad real si normalizamos gritos, castigos o violencias cotidianas en los hogares, las escuelas o los espacios públicos.
La buena noticia es que podemos cambiar. Como país, ya hemos demostrado que somos capaces de conquistar libertades. Hoy, la gran revolución pendiente es la de los buenos tratos. Esa que no se hace con armas, sino con vínculos seguros, escucha activa y respeto mutuo.
Desde la familia, el sistema educativo, los medios de comunicación y las políticas públicas, necesitamos comprometernos a crear una cultura del respeto. Una cultura donde ser niño, niña y adolescente en Bolivia signifique crecer con seguridad, dignidad, con afecto y con oportunidades para jugar, aprender y soñar.
A 200 años de nuestra independencia, que el próximo siglo nos encuentre criando con respeto, educando con empatía y acompañando con amor.
Porque no hay mejor homenaje a nuestra libertad que construir un país donde las infancias florezcan.