Hace unos días participé en una charla, profundamente útil y necesaria, sobre el riesgo de adicciones que puede desarrollar nuestra población adolescente. Esto ocurre sobre todo cuando, como resultado de la necesidad de exploración, de la curiosidad y de la búsqueda de pertenencia al grupo, las chicas y chicos comienzan a consumir ciertas sustancias como el cigarro o el alcohol en edades tempranas (13 o 14 años).
Y para comprender este riesgo es fundamental ir al inicio de la historia: el nacimiento y mirar uno de los órganos más complejos y maravillosos de nuestro cuerpo, el cerebro. Vamos paso a paso: los seres humanos nacemos con un cerebro todavía en desarrollo. Las neurociencias confirman que llegamos al mundo con aproximadamente un 25% de madurez cerebral, y que este proceso de maduración se completará de manera gradual hacia los 25 años, ya entrada la adultez.
Durante este desarrollo, ¿qué partes maduran más rápido? Las más instintivas y emocionales, las que nos permiten sobrevivir como especie. En cambio, la parte más racional y analítica, la que regula los impulsos y emociones, es la que más tarda en madurar. Este no es un dato menor cuando hablamos de adolescencia: explica por qué en esta etapa a las chicas y chicos les cuesta tanto detenerse. Como dice un psicólogo español, “los adolescentes tienen el motor de un Ferrari (emociones e impulsividad), pero los frenos de una bicicleta (regulación)”.
Esta inmadurez cerebral nos recuerda que, si bien nacemos con 100.000 millones de neuronas aproximadamente, estas aún no han generado la compleja red de conexiones que se van construyendo a partir de las experiencias cotidianas. El cerebro no es más eficiente por la cantidad de neuronas, sino por la calidad de sus conexiones y la velocidad con la que se comunican. En este proceso, los neurotransmisores (mensajeros de información) y la mielina (la capa que recubre los axones de las neuronas) son fundamentales.
Ahora bien, otro elemento fundamental que necesitamos mirar en la adolescencia, es que ese cerebro que aún está en construcción, va a experimentar en esta etapa un profundo proceso de reconstrucción. Para comprender esto, imaginemos una casa de dos pisos todavía en construcción: la primera planta está terminada (instintos y emociones), pero la segunda aún no, y además habrá que remodelarla porque necesitamos más espacio. Algo similar ocurre con el cerebro adolescente en la llamada “poda neuronal”: se eliminan ciertas conexiones para lograr un cerebro más eficiente y adaptado a los retos de esta etapa.
Aunque el cerebro vive varias podas a lo largo de la vida, las más significativas ocurren a los 3 años y en la adolescencia. Y, aunque la poda adolescente es más pequeña, es la más profunda.
Un dato importante: en nuestro cerebro existen varios neurotransmisores que funcionan como mensajeros químicos entre neuronas. Uno de ellos es la dopamina encargada de generar placer y motivación. En la adolescencia, de manera natural, disminuyen los receptores de dopamina, lo que explica la sensación de aburrimiento tan frecuente en esta etapa y la búsqueda de estímulos externos que generen placer. Uno de esos estímulos puede ser el alcohol.
Así, esta inmadurez, junto con la reestructuración cerebral y la necesidad de dopamina, coloca al cerebro adolescente en una situación de gran vulnerabilidad frente a los estímulos del ambiente.
¿Y qué tiene que ver todo esto con el riesgo de adicciones? El especialista que nos acompañó en la charla explicó que el cerebro adolescente es especialmente sensible porque la dopamina funciona en “picos y caídas”. Un pico genera una intensa sensación de placer y bienestar, pero la caída posterior suele ser rápida y profunda, provocando tristeza, irritabilidad o confusión. Lo más delicado es que, al sentir esa falta de placer, el cuerpo empieza a “pedir” más dopamina, aumentando el riesgo de volver a buscar la experiencia que la produjo.
De manera complementaria a esta afirmación, la neurocientífica estadounidense Frances E. Jensen, que además de neuróloga es mamá de adolescentes, explica en su libro El cerebro adolescente. Guía de una madre neurocientífica para educar adolescentes:
“La tolerancia a los efectos inmediatos de la bebida oculta las devastadoras consecuencias a largo plazo que el alcohol tiene para el cerebro adolescente. Las investigaciones y estudios aportan pruebas del daño que se provoca al funcionamiento cognitivo, conductual y emocional. Se ha visto que, en los adolescentes, el consumo de alcohol está relacionado con el déficit de atención, la depresión, los problemas de memoria y la disminución de la conducta orientada a objetivos. Parece que el daño es peor en las chicas, tal vez porque su cerebro se desarrolla un poco antes que el de los chicos”.
El mensaje del profesional fue claro: “pospongan lo más posible el consumo de alcohol”. No es un consejo menor, sino una necesidad. Puede que este mensaje choque con nuestra cultura, ya que Bolivia ha normalizado el consumo de alcohol como parte de la convivencia y, en muchos casos, de la aceptación social. Sin embargo, si lo pensamos desde el riesgo que implica para la construcción de cerebros sanos y de vidas plenas en quienes más amamos, este mensaje no solo es útil, sino absolutamente necesario.